Frío

“Hace mucho frio en esta ciudad” pensaba mientras caminaba por las calles que llevaban a su casa. Se cerro su chaqueta gris para que la protegiera del viento cruel. “Curiosa elección de adjetivo: cruel… como todo en esta ciudad”. Había vivido en aquella ciudad 11 años de sus 21, y siempre había hecho ese frío desalmado. Últimamente había cogido la costumbre de caminar parte del camino a su casa. Le daba tiempo de pensar. Ese día había un viento brutal.

Sofía se detuvo un momento al frente de una vitrina. Pensó que desde pequeña había visto como ese local cambiaba de negocio cada 6 meses. Suspiró pensando en las decisiones que tenía por delante. La momentánea alegría de ver el nuevo local, y recordar como recién mudada a la ciudad le había preguntado a su padre porque el local siempre cambiaba, se desvaneció. La preocupación volvió con más intensidad, probablemente debido a la ráfaga de viento que acababa de pegar.

Apuró el paso para llegar a su casa rápidamente. Tenía que hablar con sus padres porque ya era hora de decidir que iba a hacer el próximo año. Era Octubre, y en unos cortos dos meses, se graduaría de economía. Una carrera que aún no la convencía, pero algo había que estudiar. Fueron cuatro años muy cómodos en los que no tuvo mucho de que preocuparse. Nunca pensó que aquel día llegaría. Extrañamente, recordó como se había sentido en el último año del colegio. La incertidumbre, los nervios. La excepción era que ahora no había emoción.

Un prestigioso banco de la ciudad le había ofrecido trabajo. No es que fuera desagradecida, era un gran trabajo. Le pagarían muy bien, trabajaría de 8 a 5 y sería una ejecutiva. La sensación de desazón volvió a su corazón. Sofía había soñado muchos años con irse a vivir a Paris. Quería ir a pintar. Pero sabía que la vida de un pintor no era tan cómoda como la vida de una ejecutiva de un banco.

Quedarse era la decisión inteligente. Ese pensamiento la hizo parar en seco. Por un momento observó su alrededor. Una calle principal llena de carros, edificios sucios casi todos hechos de ladrillo, las personas afanadas aferrando sus carteras y morrales por miedo a que se los robaran. “No tengo idea que hacer”.  Muchas noches iba de aquí a allá sin decidirse realmente. Retomo su paso, pero más lento esta vez. La decisión era más profunda de lo que mucha gente entendía. Era cambiar una vida cómoda donde no tendría problemas monetarios por una de incertidumbre, de aventura. Era un riesgo, podía no vender un solo cuadro en su vida.

Para empeorar la situación, acababa de recibir una carta en la que la aceptaban en la escuela de pintura que quería. Por más emoción que eso le producía, la realidad era que eso implicaba costos para sus padres. Eso sin mencionar la ayuda que necesitaría si se volviera pintora. Su corazón le decía París pero no era tan sencillo. Sofía llegó a la familiar entrada de su casa. Entró y dejó su morral en una silla y entró al comedor donde su mamá le sirvió el almuerzo. Suspiró mientras las gotas de lluvia comenzaron a caer.

Un poema de amor

Esto es un poema de amor -o algo así-

Me lo pediste una de aquellas noches

-Una de nuestras noches- llenas de lluvia.

Cuando parecía que el cielo nos ahogaría.

 

Cuando nos mirábamos a los ojos

Y sentíamos que el mundo acababa

Justo en la puerta de la habitación.

Nadie mas existía en nuestra constelación

 

Construimos un infinito juntos.

Y vimos como un magnetismo nos soldó,

Desde entonces -y para siempre- juntos.

Ahora tu dolor también es mío

 

Este es mi poema de amor para ti

Es un tanto oscuro –demasiada lluvia quizás-.

Hay constelaciones más infinitas que otras

La nuestra fue la más grande y la más brillante.

 

 

 

Sleepless in Bogotá

Sleepless in Bogotá

Últimamente me pasa mucho que no puedo dormir bien. Quería tomar una foto de lo que veo en las noches de insomnio cuando voy a la sala. Siempre me pregunto cuanta gente estará sin dormir en Bogotá y por qué.

Bogotá siempre fue muy nostálgica para mi gusto.

Carta de (Des)amor

(Para el amor imposible que nunca fue y nunca será)

Me cogiste la mano en el momento mas extraño de aquel día de verano. Juro que no lo vi venir, aunque me dijeras que tenía que haberlo sabido. Me jurabas que me miraste toda la noche, y que querías poder mirarme todas las noches que nos quedaban. ¿Yo cómo iba a saber que no eran tantas como yo quería? Me acuerdo cuando me propusiste escapar. Y yo te dije que si, sin pensarlo dos veces. Sin pensar que tenía una vida, una familia, que ir a estudiar, a trabajar. Escaparme de la condena de la rutina me sonó a la gloria.

Hicimos tantos planes, ¿no te acuerdas de los mapas rayados trazando nuestra ruta? Este país no era suficiente para los dos. Necesitábamos ver el mundo, conocer, dejarnos cambiar. Querías ser el Che viajando por Latinoamérica, y te juro, aunque nadie me crea, yo estaba dispuesta a renunciar a todo por la vida errante, por ser una gitana y ver los amaneceres desde la comodidad de tus brazos. No tener casa me pareció perfecto, la casa sería el camino y tus ojos cafés. ¿Te acuerdas todos los libros que leímos? Cuando te confesé que lo único que quería hacer con mi vida era leer todos los libros que pudiera y sonreíste como si me conocieras de toda la vida. Y en ese momento creí que era verdad.

Mi padre te odiaba, decía que era típico de mi enamorarme de alguien tan poco serio y de ideas tan revolucionarias. El nunca entendió que todo lo que odiaba de ti, era todo lo que yo amaba. Y es que yo te amaba, nunca te lo dije. Tal vez porque pensé que se acabó el tiempo, pero estoy segura que fue por cobarde. Me acuerdo el día que me juraste nunca escribirme un poema a menos que fuera de la calidad de Neruda. Y lo mejor, el día que nos despertamos a ver el amanecer y me escribiste en el brazo con tinta indeleble –y yo no tenía idea que jamás se borraría, por lo menos de mi alma- “tu brillas mas que el sol”. Y ya, no tuviste que hacer mucho más para enamorarme. El hecho que vieras el fuego ardiendo dentro de mi fue suficiente.

Nos entendíamos en nuestro descontento juvenil. Sospechábamos que todos nos mentían y nunca nos íbamos a dejar de sentir así. No enamorados, por favor, tu y yo somos mas inteligentes que eso y sabíamos que se iba a acabar un día, cuando llamara el deber y tuviéramos que ‘coger seriedad’. El sentimiento que no se iba a borrar era las ganas de más, de que la vida podía y puede ser más. Y cuanto creímos eso, cuantos planes no armamos, tu y yo y nuestra revolución. Queríamos incendiar la noche, hacer que brillara mas fuerte que el sol porque la vida nos debía mas y no queríamos terminar como nuestros padres y nuestros abuelos y bisabuelos. Queríamos algo más, no estábamos seguros que era, pero jurábamos poder encontrarlo.

Y luego, la tragedia, tu y yo sabíamos que llegaría. La  gran pelea. Y nunca me había sentido tan derrotada, como al verte partir. Yo lo sabía, sabía que te ibas a ir porque ¿que podía darte yo? No podía prometerte constancia, ni que algún día “cogería seriedad”, y que seria la esposa perfecta, y la madre perfecta y que el caos que soy, mis ideas, mis dogmas, mis costumbres cambiarían. Me dijiste, “esta es una etapa, vas a crecer y se te va a olvidar”. Y te mire con tanta tristeza. Yo sabía que el mundo te convencería. Sabía que no ibas a cumplir con los planes porque no creías en ellos realmente. Crecerías, olvidarías todos los sueños que creamos. Y ya está. No había mucho mas que decir excepto lo que te conteste. Te dije con toda la fuerza que pude sacar en ese momento: “es que para mi no es una etapa, así soy yo”. Y ya estuvo, y te fuiste.

Y quede yo, con el corazón destrozado. Con los sueños intactos y el deseo de una vida que fuera algo más, tan firme como un dogma de fe. Pero ahora me sabía agridulce, con las cicatrices que dejó tu amor. Te fuiste y conocerás a esa chica que será todo lo que pides de tu vida convencional. Y yo estaré triste un largo tiempo, porque perdí a mi compañero de viaje, perdí los brazos para recostarme, perdí la fe en el amor y todo lo que representabas para mi.

Pero no te preocupes, yo me mejorare, y conoceré a alguien que crea tan firmemente en mi revolución como yo. Y tendremos la vida que siempre soñamos. Y yo lo se porque así son las cosas, y así soy yo, y lo creo con absoluta certeza. Hay que seguir buscando para encontrar. Probablemente cuando lo haga tendré muchas más cicatrices, muchas más historias, y mi fe y mi dogma igual de firmes, aunque un poco golpeados. La vida es así y hay que caerse antes de poder volar. Mi vida será algo más, eso te lo garantizo.

Había una vez un hombre.

Había una vez un hombre. Vivía en un mundo desértico, y a donde mirara, solo había arena. El hombre, viéndose solo, suspiró. En ese mundo de arena era el último de su especie. Un ser olvidado por el tiempo y por el espacio. Lentamente construyó –como pudo- una especie de carpa donde vivir. Usó la madera de los pocos arboles que crecen en los desiertos. Utilizó la poca tela que tenía puesta para crear la sombra.

Los años pasaron y su única compañía era la soledad. Dejó de contar los minutos ¿qué más da el tiempo cuando se está solo? Aprendió a tomar de los cactus y a comer de lo que le daba la tierra –muy poco en realidad: uno que otro animal y de nuevo, cactus-. Dormía cada noche en su carpa, en medio de la arena, añorando los pocos días de lluvia para refrescarse.

Después de un par de años comenzó a hablarse solo. Antes de eso, solía llorar mucho. La soledad hace estragos con las personas. Poco a poco llegó a convencerse que era el último hombre que quedaba en la tierra. Al ser el último, tenía el peso de toda una raza en sus hombros. Un pobre hombre solitario, en medio del desierto, con el peso del mundo encima suyo.

Al tener necesidades heredadas de su vida de comodidades, empezó a idear formas de recuperar ciertas lujos. Lentamente y con mucho esfuerzo aprendió a convertir la piel de los animales en prendas de vestir para evitar las quemaduras del sol. Poco a poco aprendió a usar las piedras y los dientes de los animales como herramientas.

Solo, solitario, comenzó a construir una civilización para el solo. Al verse privado de compañía, construyó con lo que le quedaba una muñeca a la que le puso de nombre Adela –su antiguo amor al que nunca más vería-. Solía hablarle todas las noches antes de acostarse, contarle lo que había aprendido en su soledad, de todas sus hazañas.

Los años pasaban sin que el hombre se diera cuenta –recuerden que ya no contaba los minutos ni los días-. Su apariencia cambió mucho, y las canas comenzaron a salir. Se estaba poniendo viejo. El hombre se acostumbró a su soledad, a su rutina y logró grandes cosas. Replicó muchas creaciones humanas que tomaron siglos en crearse. Aprendió a pintar para alegrar su triste carpa. Logró comenzar a cazar más lejos porque se construyó una especie de vehículo en el cual andar. Adela era su única compañía.

Un buen día, después de que pasaran incontables años, el hombre oyó un sonido que no pensó volver a oír en su vida. Era un sonido tan pero tan triste, que su corazón se rompió y volvió a llorar como no lloraba desde sus primeros días en el desierto. El sonido era el de un pequeño niño llorando. El hombre corrió desesperado buscando y buscando.

Cuando por fin dio con el niño, este ya no lloraba a gritos como antes, lloraba silenciosamente, desesperadamente. El hombre recordó que en una época ya olvidada, el también fue padre. Llego a donde el pequeño y se sentó a su lado, y le regalo algo que le tomo muchos años lograr: una sonrisa. El chico dejó de llorar.