Había una vez un hombre.

Había una vez un hombre. Vivía en un mundo desértico, y a donde mirara, solo había arena. El hombre, viéndose solo, suspiró. En ese mundo de arena era el último de su especie. Un ser olvidado por el tiempo y por el espacio. Lentamente construyó –como pudo- una especie de carpa donde vivir. Usó la madera de los pocos arboles que crecen en los desiertos. Utilizó la poca tela que tenía puesta para crear la sombra.

Los años pasaron y su única compañía era la soledad. Dejó de contar los minutos ¿qué más da el tiempo cuando se está solo? Aprendió a tomar de los cactus y a comer de lo que le daba la tierra –muy poco en realidad: uno que otro animal y de nuevo, cactus-. Dormía cada noche en su carpa, en medio de la arena, añorando los pocos días de lluvia para refrescarse.

Después de un par de años comenzó a hablarse solo. Antes de eso, solía llorar mucho. La soledad hace estragos con las personas. Poco a poco llegó a convencerse que era el último hombre que quedaba en la tierra. Al ser el último, tenía el peso de toda una raza en sus hombros. Un pobre hombre solitario, en medio del desierto, con el peso del mundo encima suyo.

Al tener necesidades heredadas de su vida de comodidades, empezó a idear formas de recuperar ciertas lujos. Lentamente y con mucho esfuerzo aprendió a convertir la piel de los animales en prendas de vestir para evitar las quemaduras del sol. Poco a poco aprendió a usar las piedras y los dientes de los animales como herramientas.

Solo, solitario, comenzó a construir una civilización para el solo. Al verse privado de compañía, construyó con lo que le quedaba una muñeca a la que le puso de nombre Adela –su antiguo amor al que nunca más vería-. Solía hablarle todas las noches antes de acostarse, contarle lo que había aprendido en su soledad, de todas sus hazañas.

Los años pasaban sin que el hombre se diera cuenta –recuerden que ya no contaba los minutos ni los días-. Su apariencia cambió mucho, y las canas comenzaron a salir. Se estaba poniendo viejo. El hombre se acostumbró a su soledad, a su rutina y logró grandes cosas. Replicó muchas creaciones humanas que tomaron siglos en crearse. Aprendió a pintar para alegrar su triste carpa. Logró comenzar a cazar más lejos porque se construyó una especie de vehículo en el cual andar. Adela era su única compañía.

Un buen día, después de que pasaran incontables años, el hombre oyó un sonido que no pensó volver a oír en su vida. Era un sonido tan pero tan triste, que su corazón se rompió y volvió a llorar como no lloraba desde sus primeros días en el desierto. El sonido era el de un pequeño niño llorando. El hombre corrió desesperado buscando y buscando.

Cuando por fin dio con el niño, este ya no lloraba a gritos como antes, lloraba silenciosamente, desesperadamente. El hombre recordó que en una época ya olvidada, el también fue padre. Llego a donde el pequeño y se sentó a su lado, y le regalo algo que le tomo muchos años lograr: una sonrisa. El chico dejó de llorar.

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